Se mueve en redes y mucho. Sobre todo durante los últimos tres años: cada vez más jóvenes reivindican las celebraciones populares, entre ellas, San Isidro. Lo notan las asociaciones castizas de toda la vida, a las que se acercan veinteañeros, algo que antes no ocurría, y surgen nuevas, con afán de cuidar, pero también de modernizar las costumbres. En internet lo comparten y en la pradera viven la fiesta patronal con fervor. También hay quienes han encontrado la manera de aunar tradición y vanguardia para hacerla suya. EL PAÍS habla con madrileños ―de cuna y de corazón― de entre 23 y 30 años sobre folclore, arraigo y nuevas formas de ser castizo.Gerardo y Águeda, chotis en vena y en TikTokLos dos tienen 29 años y ninguno es de Madrid. Gerardo Arias nació en Ávila y Águeda González en Asturias. Se mudaron a la capital hace doce años para estudiar Traducción e Interpretación y son amigos desde entonces. Él es profesor de secundaria y ella, ingeniera de inteligencia artificial. “Lo que somos de verdad es folclóricos”, dice González, ataviada con el traje de chulapa después de pasar la tarde en la pradera. Van todos los años. Al principio era por la fiesta, pero el cuarto año de carrera eso cambió. Acababan de volver de Erasmus, habían echado mucho en falta Madrid, que consideran su hogar, y los invadió la necesidad de apego. Entonces comenzó el interés, cada vez más fuerte, por las costumbres castizas, especialmente la música. Ahora forman parte de la asociación Los Chisperos de Arganzuela y bailan chotis siempre que pueden. Desde hace un par de años también lo comparten en TikTok e Instagram, donde les conocen como “el punto y la i”, por la evidente diferencia de altura entre los dos. “Lo que echamos de menos es que el chotis sea un baile más popular, al que se pueda unir la gente y no una cosa que ves desde un escenario, porque eso es aburrido”, dice González. En las asociaciones no siempre es fácil encontrar relevo generacional y, cuando empezaron a acudir a bailes y talleres, todas se los rifaban, cuentan. Mientras caminan por la pradera, muchos les señalan. Les han visto en redes. “En Madrid falta un poco de amor y conocimiento por el folclore propio. La música es genial y el baile es único en el mundo. Hay una especie de complejo madrileño que te impide disfrutar de lo verdaderamente madrileño”, opina Arias. Ambos consideran que cada vez más jóvenes se están acercando a la tradición, pero son críticos con quien lo hace por mera estética. “¿Qué estamos reivindicando? Alguien tiene que mantener la otra parte, si no, la cultura está condenada a morir, se vacía. No vengo a la pradera así vestido para disfrazarme, vengo a bailar chotis”, añade. ‘La Tremolina’, folclore punkMontaron la asociación hace un año y a su primer taller de chotis acudieron 25 personas. Al último, casi 200. Son La Tremolina, una comunidad fundada el pasado marzo por 15 personas y a la que ya se han apuntado más de 150. La edad media es de unos 30 años y cada vez más jóvenes se quieren unir. Cuando se presentaron en redes, lanzaron un manifiesto en el que defienden que el folclore debe ser subversivo. “Es creación y expresión del pueblo. Una cosa viva, dinámica, que puede tener un fuerte potencial transformador y en ocasiones de resistencia frente al poder o la opresión. Practicarlo es una forma de ralentizar el tiempo”, explica Alejandro Librero, uno de los fundadores. En sus talleres de baile, por ejemplo, han optado por no hacer distinciones de género y no hablan de chulapa o chulapo, sino de molinillo ―quien gira― y clavel ―quien se queda quieto en el centro―. “Mucha gente que antes no se sentía representada en el encasillamiento de género que promueve la tradición más férrea, se siente a gusto. Durante muchos años, la tradición se consideraba algo bastante casposo. Uno de los colectivos que más sustentó e hizo suyas las fiestas populares de Madrid fue la juventud queer”, comenta Librero. En La Tremolina creen que el amor al casticismo más tradicional no es incompatible con hacerlo punk. Hay “un punto de irreverencia, una reapropiación y modificación de los códigos tradicionales, que a veces pueden ser un poco asfixiantes por rígidos y jerárquicos”. Megane y Alejandra, costura e identidad El traje de Megane Mercury, nombre artístico y por el que le conoce todo el mundo, está hecho con una tela guineana que le regaló su madre. Es un reflejo de su forma de concebir el arte y la tradición: integrar, mezclar y resignificar. También es la filosofía que aplica en su música, sus fotografías y sus videos. Tiene 30 años, es de Leganés y el vínculo con San Isidro ha ido de menos a más, desde las primeras fiestas con 18 años a una conexión personal, construida poco a poco y que comparte con sus amigos. Todos se visten y confeccionan sus trajes. “En los últimos años, traer el folclore a lo contemporáneo ha cogido fuerza, sobre todo en la música. Esto hace que los jóvenes, más descolgados, lo integren en su vida. Abre la puerta a que te familiarices con las tradiciones, de las que igual te aburriste en su momento, porque eras mayor o porque pensabas que no eran para ti y no te veías en ellas”, reflexiona. Ese verse, reconocerse en la tradición adaptándola a quien eres, también lo defiende Alejandra Gombau, de 29 años. Diseñadora y profesora en la Universidad de Diseño, Innovación y Tecnología (Udit), lleva toda la vida celebrando y vistiéndose de chulapa. Los últimos años se ha hecho sus propios trajes y el de varios amigos. “Nos gusta ir juntos, pensar diseños y lo hemos convertido en tradición, reapropiándolo cada una a su manera. A las abuelas les encanta vernos”, explica. Ella, del barrio de La Latina, y Mercury se conocieron hace siete años y abogan por la mezcla de culturas: “Entenderlas, estudiarlas y ver cómo se pueden combinar”. También defienden un San Isidro popular, que no necesita “sevillanizarse”, y se preguntan hasta qué punto las redes han influenciado la percepción de cómo las fiestas se viven realmente. “Hay que celebrarlo y ya está”, zanja Gombau. Verónica y Teresa, ser parte de algoSon primera y segunda damas de honor, un reconocimiento honorífico que se otorga en las fiestas patronales. Y las dos celebran San Isidro desde niñas. A Verónica Vaquero, de 30 años, su abuelo Aurelio le compró los primeros zapatos de chulapa. Teresa Alcaraz, de 26, ha ido a la pradera desde que tiene memoria. Ambas se unieron a la asociación Los Castizos, la más numerosa de Madrid, para vivir la tradición de forma más activa. “Al final, de mis amigos, a nadie le interesa, a ninguno le gusta”, cuenta Alcaraz. Aun así, ambas notan cómo cada vez más gente de su edad se interesa por la fiesta. “De cuatro años a esta parte ha habido un auge. El interés crece, solo hace falta saber fomentarlo, encontrarlo y cohesionarlo”, opina Vaquero. A la pregunta de por qué, responde: “Los de mi generación hemos tenido una pérdida de identidad y nos hemos sentido desarraigados”. Ahí entra, para Alcaraz, el querer vincularse a San Isidro. “Me conecta”, dice. Con Madrid, con los recuerdos infantiles y con la comunidad: “Tengo la sensación de que conocemos mejor tradiciones de otras ciudades que las nuestras”. Ella lo vive con intensidad, sobre todo desde hace un par de años. Cree que las redes sociales tienen mucho que ver. De verlo en los demás, te entran ganas de vivirlo, comenta. “Buscamos pertenecer, a un grupo de amigos, a una asociación, a un sentimiento. A algo auténtico”. Los Castizos, tradición desde los 19 añosEn sus 42 años de historia, la asociación fue sumando socios poco a poco. Los más jóvenes estaban en la cuarentena y no había visos de relevo generacional. Eso cambió hace tres años, con el impulso de la agrupación en redes. Hoy son 126 miembros y el más joven tiene 19 años. En los últimos meses no han parado de recibir solicitudes, la mayoría por Instagram. Como la de Natalia Nieto, de 23 años y del barrio de la Concepción, que se unió a Los Castizos el pasado septiembre. “Tengo mitad familia extremeña y mitad andaluza. De Andalucía ya se sabe mucho. Y yo tenía como ese picor de decir: ‘Vivo en Madrid, tiene que haber algo así aquí”, cuenta, enfundada en su traje de chulapa de color malva. Manuel Rubio, en la cuarentena, y Carmen Montero, de 67, están a su lado y la miran con cariño. Ambos son parte de la asociación, ella desde hace más de dos décadas. Cuando entró, era la más joven. “Hace dos años empezó el boom [de solicitudes], ha sido tremendo”, cuenta. Muchos, comenta él, vienen por las redes: “Ahora sí que hay un relevo. Los jóvenes traen cosas nuevas y revolucionan”. Nieto dice que los más mayores están aprendiéndolo todo, aunque entiende que, visto desde fuera, tradiciones como el chotis pueden resultar poco atractivas para personas de su edad. “Una vez sabes hacerlo, te entran ganas de bailarlo. Las fiestas se viven mucho mejor cuando las sientes tuyas, las sientes desde dentro”.