El certamen afronta su edición más crítica tras la salida de varios países y las sospechas de manipulación del televoto
La ministra de Exteriores de Austria, Beate Meinl-Reisinger, advertía ya en septiembre del boicot a Eurovisión que se fraguaba entre varios países, entre ellos España, por la participación de Israel. La jefa de la diplomacia del país anfitrión trataba de disuadir a los críticos y les recordaba que el certamen “no es un instrumento para imponer sanciones”. Pero fue precisamente Austria quien recurrió por primera vez al boicot cuando en 1969 decidió no mandar a ningún representante a Madrid. Ese año, España albergaba el evento tras la victoria de Massiel en Londres con el La la la. Viena rechazó participar para no contribuir al blanqueamiento que el régimen franquista buscaba en Europa mientras en España decretaba el estado de excepción y suspendía la escasa libertad de prensa aprobada con la ley Fraga.
Eurovisión entonces apenas llevaba más de una década celebrándose como un proyecto de construcción europea a través de sus cadenas de televisión. La extensión de la Unión Europea de Radiodifusión (UER) más allá de las fronteras del continente, en especial hacia Oriente Próximo y el norte de África, introdujo tensiones dentro de sus participantes. Seis años después del plantón austriaco, Grecia decidía boicotear el evento como protesta por la participación de Turquía, que acababa de invadir Chipre. Desde sus orígenes, la geopolítica siempre ha marcado el festival.











