El rey imaginario llamado presidente que evocaremos no utiliza por suerte armas capaces de matar. En su lejano país, donde rige una democracia que le fija límites, dispone apenas de un lenguaje soez destinado a todos los que lo contradigan. Y de un Estado que aborrece, pero utiliza a discreción. Con esa verba resentida, insulta a los que considera sus enemigos, rebajándolos a basuras humanas u otras inmundicias. Antes que un sujeto es un arquetipo. Un personaje trágico y necio como los que hizo célebres Shakespeare. Igual que ellos, se cree invulnerable y está enamorado de sí mismo. Es el elegido al que las pitonisas le auguran ventura eterna, superioridad garantizada, suerte indefectible. El rey vive entre el insulto y la adulación. El insulto es para los rivales que en su fantasía quieren desbancarlo; la adulación, lo único que acepta de sus adeptos. De cualquier modo, personas así, según creía Freud, ejercen una influencia significativa sobre su tiempo y los posteriores. Podría serenarse entonces, es un líder extraño, pero destinado a la historia. Sin embargo, el rey no conoce la paz, esa armonía le fue esquiva desde la niñez. Su vida consiste en propinar o recibir castigo. Odiar o ser odiado. Imponer con furia la infalibilidad de sus ideas o sucumbir. Modera la agresividad escuchando óperas, amando a sus perros, que nunca lo traicionarán, y abrazando con pasión a padres teóricos y líderes admirados. Progenitores que lo protegen en lugar de castigarlo, envolviéndolo en un mundo de abstracciones y aclamaciones tranquilizador. No reside en él el poder, sino en esos ídolos y en el único vínculo humano en que confía. Un nexo de sangre, como corresponde a un monarca. Allí encuentra la contención indispensable, el huidizo equilibrio mental, la autoridad que necesita acatar; una madre dura, pero comprensiva, que le permite ser un rockstar cuando la presión lo supera. Esa relación no es filial sino fraternal. A la designada la llama “El Jefe”, nombre que al principio pareció una broma y luego constituyó un dato indispensable para entender. Si no consigue acatamiento irrestricto, el monarca no puede detener el tiempo
El riesgo Macbeth
Cuando un liderazgo se basa en la confrontación, la exigencia de lealtad absoluta y el aislamiento del poder, hay peligro de una deriva autoritaria.






