—En “Tecnopopulismo” usted sostiene que la oposición convencional entre populismo y tecnocracia es engañosa, porque ambas forman parte de una nueva lógica política. ¿Qué revela esa convergencia sobre la transformación de la democracia representativa? —El concepto de tecnopopulismo busca ilustrar, o dar nombre, a una transformación en la manera en que se desarrolla la competencia política en las democracias contemporáneas. Antes, el eje principal de la competencia política en las democracias occidentales avanzadas, como Estados Unidos, pero también en Europa, Francia, Italia, y un poco en América Latina, se situaba entre la izquierda y la derecha, que articulaban coaliciones de intereses sociales y valores. Cada vez más, en el panorama político contemporáneo, la competencia se basa en nuevas categorías que, por un lado, son la tecnocracia y, por otro, el populismo. Pero la diferencia clave entre izquierda y derecha y populismo y tecnocracia es que izquierda y derecha eran alternativas entre sí, si estás en la izquierda, no estás en la derecha, y viceversa. El populismo y la tecnocracia son distintos porque pueden combinarse entre sí. Se puede ser al mismo tiempo populista y tecnócrata. De hecho, en el panorama político contemporáneo, los políticos suelen tener interés en ser ambas cosas a la vez. Y por lo tanto, vemos la aparición de nuevas formas de convergencia entre estos diferentes modos de representación política. El argumento principal de nuestro libro es que en el panorama político actual, todos los representantes políticos se están transformando en tecnopopulistas, que son a la vez populistas y tecnócratas de diversas formas. Y para distinguir a los políticos entre sí, tenemos que observar cómo combinan elementos populistas y tecnocráticos entre ellos. El eje de competencia política de izquierda a derecha no era solo una lógica de representación política, sino que también era una lógica de organización social. Se arraigó en una densa red de vínculos sociales y en estructuras sociales profundas. En Europa occidental, que es el contexto que mejor conozco, por ejemplo, había una base de clase para la división izquierda-derecha, donde el trabajo estaba mayormente a la izquierda y el capital mayormente a la derecha, pero también había una base religiosa en esta división, donde los laicos estaban a la izquierda y los cristianos a la derecha. Así que la antigua lógica de competencia izquierda-derecha era una lógica de organización social cuando diferentes intereses sociales competían entre sí. El populismo y la tecnocracia no se traducen en formas de organización social, son un síntoma del desanclaje de la competencia política de su base social, de la desintermediación de la sociedad que ha separado a la sociedad de la política y, por lo tanto, quedan desvinculados de esa base social, lo que los vuelve mucho más fluctuantes. Puedes transformar tu forma de ser populista y tecnócrata mucho más rápido y de una manera que no está anclada en las estructuras sociales. De algún modo, el tecnopopulismo también nombra una separación entre las estructuras y divisiones sociales, por un lado, y la lógica de la competencia política, por otro. La política y la sociedad se vuelven cada vez más desvinculadas entre sí en la era del tecnopopulismo. —En su obra usted introduce la idea de un “dilema de la dependencia estructural”, según el cual la política estaría cada vez más subordinada a las necesidades del mercado. ¿En qué medida el tecnopopulismo emerge dentro de ese marco de restricción de la autonomía política?
Carlo Invernizzi Accetti: “Como antes el proletario, el perdedor es la figura central de la política actual”
Es uno de los teóricos más influyentes de la democracia contemporánea, profesor de Ciencia Política en el City College de Nueva York, donde trabaja sobre teoría política contemporánea y filosofía política. Se formó en Europa y en Estados Unidos: es licenciado en Filosofía, Ciencias Políticas y Economía por la Universidad de Oxford, realizó una Maestría en Historia y Teoría de la Política en el Institut d’Études Politiques de París y obtuvo su Doctorado en Ciencias Políticas en la Universidad de Columbia. En su libro “Tecnopopulismo” argumenta que populismo y tecnocracia no son fuerzas opuestas, sino complementarias, ambas prometen saltarse las mediaciones políticas tradicionales y apelar directamente, una al pueblo, la otra a la verdad, socavando así los cuerpos intermedios que hacen posible la representación democrática. Y en su libro más reciente, “Twenty Years of Rage”, estudia el ciclo político abierto tras la crisis de 2008, marcado por la expansión de la protesta, la erosión de la representación tradicional y el ascenso de una política atravesada por el resentimiento y la desafección democrática. En esta entrevista traza el mapa de un mundo político dominado por la rabia, esa ira que, desde Aquiles hasta los asaltantes del Capitolio, no es un fenómeno económico, sino del “thymos”, el deseo de reconocimiento, y propone una figura nueva para nombrar la subjetividad política de nuestro tiempo: el perdedor, sucesor del esclavo antiguo y del proletario moderno, que no sufre opresión jurídica ni material, sino simbólica, y que en su falta de reconocimiento encuentra el combustible de las democracias en crisis.






