Cuanto más viaje la presidenta de la Comunidad, mejor para Madrid y mejor para los articulistas, que podemos viajar a través de ella como viajaba el tío Matt de ‘Los Fraguel’

Yo entiendo a Isabel Díaz Ayuso cuando dice que ha pasado un “peligro extremo” en México por apoyar a Hernán Cortés y como consecuencia del terror que le produjeron las represalias se fue cuatro días a las playas de la Riviera Maya: pues claro. Tomar el sol es prioritario cuando la muerte ace...

cha. ¿Quién no estuvo en una hamaca de la Riviera Maya con miedo a que apareciese de repente un sicario de Miguel Ángel Félix Gallardo y le furase el cuerpo, o peor aún: le disparase al mojito? Nadie. La vida no es como te la cuenta Netflix; la vida es hacer un viaje a México, homenajear a un tipo que llegó con un ejército a sangre y fuego y montar el pollo del siglo porque a los mexicanos, por la razón que sea, no les parezca bien esto. Y declararse —Ayuso— en “peligro extremo” como si los cárteles mexicanos no concibiesen que alguien hable mal de la presidenta del país: “Hasta aquí hemos llegado”. Ayuso debe viajar más. Cuanto más viaje Ayuso, mejor para Madrid y mejor para los articulistas, que podemos viajar a través de ella como viajaba el tío Matt de Los Fraguel y luego enviaba esas cartas loquísimas tipo “no entiendo nada, he ido a Alabama a alabar al Ku Klux Klan, que los enseñó a evitar el calor con las ropas, y no les ha gustado nada”. En fin. La victimización se está llevando a unos extremos tan desagradables que en un lugar en el que te matan si hablas de un narco, resulta que te la juegas si hablas de un señor de hace 500 años. Ha ido allí a montarla al estilo Jimmy Jump: montarla por montar, sabiendo lo que ocurriría (esto lo tiene estudiadísimo su asesor) y acusando al Gobierno, o a quien sea, de dejarla a merced del primer guionista que vea de lejos. Extremo peligro dice quien no pisó una aldea de la frontera, quien no tiene un padre inocente en la cárcel, quien vive de la indulgencia periodística de aquellos a quienes riega con dinero público porque si no, sin esa mordacita dorada, no se atrevería ni a decir la mitad de las cosas que con tanta impunidad cuenta.