El hecho de que la estrella canadiense sea francófona, el morbo de su vida personal y una querencia por las emociones sencillas en tiempos de crisis explican una expectación solo comparable a la que generó la dimisión de De Gaulle en 1969

Un inesperado advenimiento el pasado 31 de marzo sacudió a Francia, un país poco propenso a devociones superfluas por divinidades extranjeras. La canadiense Céline Dion salió de la cueva y anunció 10 conciertos en París después de un largo silencio, de la enfermedad, de un final descontado. Se desató la locura. En pocos días ...

añadió seis actuaciones más. Y en escasas horas hubo nueve millones de peticiones en internet para hacerse con uno de los 500.000 tiques. Es decir, el 13% de los franceses -sin se omite la cuota internacional- se borró las yemas de los dedos pulsando el F5 de su ordenador durante horas para hacerse con una entrada. Una expectación, escribía The Spectator, solo comparable al revuelo que generó la dimisión del general Charles De Gaulle en 1969.

La pasión de los franceses por Dion, sin embargo, es proporcional al desprecio que sigue generando su melifluo y, a veces, previsible sonido entre determinados sectores culturales que siguen viéndola como la autora de música para hacer las tareas domésticas del domingo. “Céline Dion, pese a haber vendido 230 millones de discos, cristaliza una fractura en los gustos”, escribía Le Monde esta semana invocando a Pierre Bourdieu y su teoría social sobre el gusto, desarrollada en La distinción. Criterio y bases sociales del gusto(1979). “¿Cómo se puede amar a Céline Dion? No nos gusta su música empalagosa, sus vestidos grandilocuentes e interminables. Los títulos de las canciones, por ejemplo, J’irai où tu iras (Iré donde tú vayas) no invitan a ir más allá. Las letras resultan pesadas: “Iré a buscar tu corazón si te lo llevas a otra parte; iré a buscar tu alma en el frío, en las llamas. Lanzaré hechizos sobre ti para que me ames aún”, decía el mismo artículo con cierta sorna.