Federico de Madrazo retrató a Isabel II 28 veces, pero en ninguna de ellas la reina aparece con un ejemplar de la mariposa Graellsia isabelae engarzado entre esmeraldas, como aquel que lució en una recepción poco después de su descubrimiento en 1849. La reina de España, la alada, había sido hallada en los Pinares Llanos de Peguerinos (Ávila) por Mariano de la Paz Graells, catedrático de Zoología en el Museo de Ciencias Naturales y director del Jardín Botánico de Madrid, quien enseguida se la dedicó a la otra, la coronada, añadiéndole a su nombre el apellido isabelae. Isabel II acabó en el exilio. La mariposa isabelina, sin embargo, sigue siendo la más bella de España y de toda Europa, la reina indiscutible de las noches de primavera, que es cuando aparece buscando consorte en los bosques de pino silvestre de la sierra de Guadarrama, a caballo entre las regiones de Madrid y Castilla y León, y de cuatro sistemas montañosos más. Para la ocasión, luce un vestido que muchas reinas de carne y hueso ya quisieran: de ocho centímetros de longitud —como uno de ocho metros para sus homólogas humanas—, con cuatro alas de color pistacho, oceladas, venas alares de grueso trazo castaño y largas colas curvas rematando las traseras. Antes nadie sabía que existía. Ahora todo el mundo desea verla y fotografiarla. Mayo y junio son los meses en que puede verse en su fase adulta, voladora, de imago. Julio y agosto, en esta otra de larva que, al que no sabe, le da yuyu. Habrá que ser un experto entomólogo, ¿no? Qué va: cualquiera puede verla. Aquí contamos cómo.Cita nocturna en la sierra de GuadarramaPara ver a la reina, basta con participar en alguna de las salidas nocturnas que organiza el naturalista Pedro Velasco, una de las personas que más sabe de la Graellsia isabelae y de las mariposas en general, porque lleva 40 años dando vueltas por España y por todo el mundo detrás de ellas. Es el autor de Nuestras mariposas, tesoros de diversidad (Lundwerg, 2006), libro ilustrado con soberbias macrofotografías donde habla de muchas de las especies que hay en nuestro país —260 diurnas y 5.227 nocturnas— y propone rutas para observarlas. En mayo y junio, Velasco alterna las salidas de investigación con otras divulgativas, en las que lleva a pequeños grupos de aficionados a los pinares donde reina la isabelina. Las fechas, los precios y el formulario de inscripción se encuentran en insectpark.es. Los participantes se apuntan con bastante antelación porque las plazas son escasas (24 como máximo), pero hasta pocas horas antes no reciben un WhatsApp confirmando la salida y el lugar en el que va a realizarse la observación. Esta noche se hará en el valle de La Barranca, en Navacerrada (Madrid). Otro día será en el de la Fuenfría, en el vecino término de Cercedilla. Otro, en El Paular, cerca de Rascafría. Y muchos, la mayoría, en la Boca del Asno, en el municipio de La Granja, ya en la vertiente segoviana de la sierra de Guadarrama. Depende de la fecha, de los meteoros, de las fases lunares y del olfato de Velasco, que lleva tanto tiempo rastreando graellsias que ya husmea el aire serrano mejor que ellas.A la cita acude un grupo variopinto. Hay familias con niños. Jóvenes de pelos de colores que no parecen haber pisado el monte en su corta vida. Un alemán al que han traído por sorpresa sus amigos españoles y que no había oído hablar nunca de la Graellsia. Un periodista al que le intriga el asunto. Una pareja de Ávila a la que le hace ilusión conocer a su paisana, porque fue en un pinar abulense donde fue descubierta hace 177 años. Un participante hay —uno solo— que ha visto antes a la reina alada, porque estuvo en otra actividad parecida hace 10 años, o quizá 12, ya no se acuerda. Y otro que se presenta con la pierna quebrada y con muletas, señal de que no va a haber que caminar mucho.Una cópula de hasta cuatro horasDe hecho, solo hay que dar 70 pasos. A 50 metros del último aparcamiento de La Barranca, entre los primeros árboles del pinar, Jorge Hernández, ayudante del naturalista, da una charla introductoria con la última claridad del día —son las 21.15—, empezando por la curiosa historia del descubrimiento de esta esquiva mariposa, que se apuntó Graells, pero que en realidad efectuó su perrito Curicus. Así lo reconocía el entomólogo en un texto de 1877: “Fue en los pinares de la cordillera del Guadarrama, cerca de Madrid, donde, advertido por mi perro, que se mantenía alerta al ver una mariposa prendida en el tronco de un pino tendido en el suelo, capté por primera vez” un espécimen de Graellsia. Hernández también informa al grupo de que, en su fase adulta, esta mariposa no come: tiene la espiritrompa atrofiada y solo se mantiene de las reservas acumuladas como oruga el tiempo suficiente —seis días los machos y ocho las hembras— para encontrar con quien perpetuar su extraordinaria especie, manteniendo cuando lo halla una cópula de hasta cuatro horas. “¿Solo cuatro?”, interrumpe un graciosillo y las risas consiguientes al introductor, que luego continúa comentando el peligro de extinguirse en el que estuvo hace años por culpa de los plaguicidas usados para combatir a su odiada prima hermana, Thaumetopoea pityocampa, la procesionara del pino. Y el buen estado en que parece que ahora se encuentra, porque los expertos la detectan en número creciente por doquier: en el Sistema Central, el Ibérico, las montañas Béticas, los Pirineos e incluso los Alpes franceses.Mientras el grupo se ilustra y el cielo se oscurece, Velasco prepara a pocos metros los reclamos para la cacería incruenta que se avecina: una jaula con dos hembras de Graellsia criadas por él colgando de la rama más baja de un pino, las cuales difunden a esta hora feromonas que atraen a cualquier macho que haya en tres kilómetros a la redonda, y cuatro sábanas blancas extendidas en el suelo alrededor de una lámpara de vapor de mercurio para activar, cuando ya sea noche cerrada, el fototropismo, la atracción que las mariposas nocturnas y todos los insectos sienten por la luz artificial.Esperando a los machos bajo la luna llenaEl primer reclamo, el sexual, no surte el efecto deseado. Las últimas luces del cielo se apagan sin que ninguno de los observadores haya visto acercarse un macho al harén colgante. El segundo reclamo, en cambio, es fulminante. Nada más encenderse la lámpara, a las diez de la noche, aterriza una polilla vulgaris sobre la escayola del patiquebrado. Acto seguido, lo hace una Graellsia sobre las sábanas, luego otra, y otra, y otra más, cuatro en total, y todos los observadores se arremolinan alrededor con sus móviles y cámaras fotográficas, retratando como ágiles e hiperrealistas Madrazos a las reinas de España. En realidad, a los reyes, porque los cuatro son machos. Las hembras —las enjauladas y las que hay libres en el pinar— se quedan en su sitio emitiendo feromonas y esperando a los galanes. Además, salta a la vista que son machos por sus largas colas; y no tienen ningún reparo en pasearse por las manos, los brazos y los hombros de sus observadores.Una hora y mil fotos después, alguien mira el reloj, los niños bostezan, el paticojo se retira, varios lo acompañan al aparcamiento, otros aprovechan la coyuntura para hacer mutis, todos se acaban marchando y las cuatro mariposas, que Velasco ha puesto a buen recaudo en los pinos circundantes, se quedan solas y a oscuras, esperando una nueva oportunidad de encontrar pareja y consumar. Una semana tienen. Nada más.Paseo por los Pinares Llanos de PeguerinosMañana o pasado, y ya cada uno por su cuenta, los observadores pueden completar la experiencia acercándose al lugar donde fue descubierta la mariposa “el segundo día de Pascua de 1849”, según consta en el diario de Graells. A seis kilómetros de Peguerinos, yendo por la carretera que lleva hacia la Casa de la Cueva, veremos una pista de tierra que se desvía a mano derecha y que conduce —caminando 300 metros por ella, porque está cerrada al tráfico con una barrera— hasta el Monumento a la Graellsia, un mural de bronce de 1973 en el que la mariposa más bella de España aparece desplegando todos sus encantos —menos el color, claro es— en los llamados Pinares Llanos, el alto, plano y precioso bosque de pinos silvestres donde lindan Ávila, Segovia y Madrid.Más divertido que acercarse en coche es hacerlo a pie desde Peguerinos, siguiendo a través del pinar la Ruta de la Graellsia Isabelae, una senda circular sencilla, de unas tres horas y media, que no tiene pérdida si se llevan en el móvil el mapa, las fotos y el track que se facilitan en Wikiloc. En este camino no suelen faltar otros excursionistas con los que pegar la hebra. Uno os contará que, corriendo una mañana temprano por el pinar, alucinó al ver cómo se posaba una Graellsia en la manga de su camiseta. Otro, que una vez halló docenas de alas de esta especie esparcidas por el suelo de una cueva, quizá un cementerio de isabelinas. Y otro, el mejor informado, os explicará que lo más probable es que aquella cueva fuera usada por los murciélagos como posadero de alimentación, al no ser capaces de devorar en el aire unas presas tan grandes, y que esa oruga de ocho centímetros y de colores intimidantes —verde vivo, rojo, blanco y amarillo— que os ha hecho dar un respingo mientras descansabais recostados en un árbol es la misma mariposa. La opción para comodones: observarla en cautividadSi no somos de trasnochar ni de andar por el monte, ya sea de noche o de día, hay una tercera opción para observar a esta mariposa: acercarse al Insectpark de San Lorenzo de El Escorial. En este centro de naturaleza instalado en un antiguo hospital de la Guerra Civil al pie del Abantos, a escasos kilómetros de donde se descubrió la Graellsia, se muestran algunos de los 90.000 bichos reunidos por Velasco y su mujer, la naturalista Paloma Delgado, en cuatro décadas de expediciones científicas por el mundo. La mayoría están disecados, pero otros vivos y coleando: insectos-palo tropicales, tarántulas, milpiés gigantes… Y también mariposas isabelinas, criadas por ellos y expuestas en una sala acristalada. El que no visita a la reina alada de España, habiendo tantas opciones, es porque no quiere.