Hoy son las instituciones tradicionales del Estado las que parecen tener más capacidad de transmitir confianza
Para una generación entera, el fundador de Podemos, Pablo Iglesias, fue quien popularizó el oficio de politólogo: eran aquellos años posteriores a que nuestro país protestara, desde abajo, de la mano de los indignados. Para otra generación, en cambio, será la princesa de Asturias, Leonor de Borbón, quien simbolice el estudio de la ciencia política: una joven que ha pasado tres años aprendiendo en una institución jerárquica como son las Fuerzas Armadas a servir a los ciudadanos. La metáfora describe bien la evolución de España en estos 12 años. Hoy son las instituciones tradicionales del Estado las que parecen tener más capacidad de transmitir confianza, mientras que aquel populismo de las plazas ha mutado en cierta desafección democrática.
El 15-M fue un momento de poner patas arriba el sistema, de impugnarlo: en pocos años, surgieron nuevos partidos que hablaban de regeneración, de la necesidad de transparencia en las instituciones y de que el pueblo fuese escuchado más veces que cada cuatro años en las urnas. Tanto es así, que, entre 2014 y 2015, el bipartidismo saltó por los aires, fruto de la sensación de que la política consistía simplemente en cambiar el poder de manos. Sin embargo, ni una década han tardado en irse al traste aquellos anhelos fundacionales. Hoy, vuelve a notarse sutilmente en el ambiente cierta decepción o nihilismo entre una parte de la juventud actual ante unas instituciones incapaces de solucionar problemas tan existenciales como el acceso a la vivienda o los bajos salarios. Quizás haya más espectáculo televisivo o en las redes sociales, pero no ha habido más luz y taquígrafos sobre nuestros representantes: el PP y el PSOE vuelven a pasear sus casos de presunta corrupción por los juzgados. El cuestionamiento profundo del sistema no siempre ha conseguido perfeccionar las virtudes morales de nuestros gobernantes.






