Cuando se cumplen 81 años del final de la Segunda Guerra Mundial, la pregunta es si podemos todos aprender las lecciones de la historia

Cuando este viernes nos disponemos a conmemorar el 81º aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial en Europa, es evidente que Alemania va a volver pronto a ser la principal potencia militar europea. La previsión para el año que viene ya indica que su gasto en defensa será equivalente a los de Francia y Reino Unido sumados y se prevé que sea mucho mayor para 2030. El objetivo explícito del Gobierno alemán es tener “el ejército convencional más fuerte de Europa”. Por supuesto, Francia y Reino Unido disponen de armas nucleares, pero eso significa menos dinero para los demás aspectos de la defensa. De modo que la pregunta no es si lo va a lograr; salvo acontecimientos imprevistos, lo logrará. La pregunta, sobre todo coincidiendo con este solemne aniversario, es cómo podemos garantizar que, esta vez, el aumento del poderío militar alemán sea un avance positivo para toda Europa.

Hay dos motivos para que Alemania haya dado un giro tan radical respecto a la posición (cada vez más equivocada) que mantuvo desde los esperanzadores años noventa hasta que Vladímir Putin ordenó invadir Ucrania el 24 de febrero de 2022. El primer motivo es precisamente esa agresión rusa. En Berlín existe un consenso cada vez mayor de que Putin no se detendrá en Ucrania. El segundo es que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha puesto en entredicho el compromiso de su país con la defensa de Europa, encarnado desde 1949 en la OTAN. Una de las señales es la retirada recién anunciada de 5.000 (y posiblemente más) soldados estadounidenses de Alemania. Lo que provocó el anuncio, más que la medida en sí, fue el resentimiento personal de Trump por las críticas del canciller alemán Friedrich Merz a su desastrosa guerra contra Irán.