El Gobierno cubano apresó al adolescente por participar en una protesta en marzo en plena negociación con Estados Unidos, que le exige liberar a más de mil presos políticos
El hambre feroz fue lo que hizo que Jonathan David Muir llegara a un pacto con otro de los presos al interior de la cárcel cubana donde está detenido: a cambio de dos paquetes de refresco Zuko le ofrecía sus chancletas, blancas y negras, talla 42, a la medida de un adolescente de 16 años. No le estaba retribuyendo con poco, sino con las únicas chancletas que tenía. Su padre, el pastor Elier Muir<...
/a>, pudo adquirirlas con esfuerzo, con el escaso presupuesto casi siempre destinado a la comida o los medicamentos: “No tiene zapatos; gracias a Dios que esas chancletas le han durado bastante”, dice él. Semanas antes, Jonathan se las había puesto para tomar las calles del municipio de Morón junto a una turba de vecinos molestos, tras más de dos días de apagón eléctrico. Cuando lo detuvieron, la instructora penal se fijó en su calzado y le preguntó: “¿Tú participaste en la manifestación con esas chancletas?”.
Los vecinos se acercan al pastor Muir por las calles de Camino de Barro, la zona donde vive, muy cercana a Morón, al centro de Cuba. Le dicen: “¿Cómo está Jhonatan? Dígale que lo queremos fuera”. Le han enviado cartas escritas a mano que el pastor le alcanza a su hijo en la prisión de máxima seguridad de Canaleta. El último gran preso político cubano es casi imberbe, le gusta jugar videojuegos, es poco expresivo y “muy amoroso”. A los siete años, le regalaron un piano pequeño que aprendió a tocar empíricamente en los cultos de la iglesia Tiempo de Cosecha. “Jonathan es el niño lindo de la casa”, dice su mamá, la pastora Minerva Burgos. “Tenemos hijos mayores, pero él es el pequeño, el bebé de la familia”.






