El Mundial de fútbol o los Juegos Olímpicos son propicios para la estrategia conocida como ‘ambush marketing’, pero todo tiene sus límites

El arranque del Open de Tenis de Madrid vuelve a poner sobre la mesa una de las estrategias más tentadoras —y más delicadas— del marketing contemporáneo: subirse al ruido de un gran evento sin pagar el peaje del patrocinio oficial. La proximidad de otros eventos internacionales de masas, como la Copa del Mundo de la FIFA o las giras de artistas y bandas que congregan multitudes en espacios reducidos son elementos de atracción.

"">La gira Lux Tour 26 de Rosalía en Madrid ha sumado 70.000 espectadores presenciales; la final de la Copa del Mundo de Futbol fue vista por 1.420 millones de personas, según los datos de la FIFA.

Ese terreno tiene mucho que ver con la famosa fotografía de las 36 jóvenes neerlandesas expulsadas durante el Mundial de Sudáfrica por vestir de naranja en una acción vinculada a la cervecera Bavaria, cuando el patrocinador era Budweiser, ejemplo clásico de ambush marketing (o marketing de emboscada) por asociación. La lección sigue vigente: cuando la creatividad se convierte en una maniobra para hacer creer que una marca forma parte del ecosistema oficial del evento, el riesgo se dispara.