Se verán audiencias, ingresos, ocupación hotelera y retorno económico, ¿pero quién medirá si las sociedades anfitrionas del torneo se entienden mejor?

La FIFA lleva años afinando su lenguaje sobre el legado. Desde Brasil 2014 lo ha vinculado a fondos específicos, uso posterior de infraestructuras, desarrollo del fútbol y, en los últimos torneos, también a sostenibilidad e impacto social. En Qatar 2022 incluso habló de llevar “el concepto de legado al siguiente nivel”. Pero en esa arquitectura de indicadores siguen faltando aquellos que lo enlazarían a su propio lema.

Esa constatación se hace aún más evidente en vísperas de una nueva era de Mundiales compartidos. Es fácil entender por qué la FIFA ha llegado hasta aquí. El Mundial ha crecido tanto que cada vez hay menos países capaces de asumirlo en solitario. Repartir sedes significa repartir costes, riesgos y exigencias logísticas. También permite abrir mercados y reforzar la presencia global del fútbol. Todo eso tiene lógica. Lo que no tiene es una traducción automática en términos de convivencia. Compartir un Mundial no implica compartir una mirada.

Y sin embargo, ahí radica el quid de la cuestión. Como escribió Eduardo Galeano, el fútbol es un espejo del mundo. En ese espejo caben la fiesta, el orgullo y la emoción colectiva, pero también las fracturas, los resentimientos y los prejuicios. Un Mundial compartido multiplica esa complejidad: ya no pone en escena a una sola comunidad nacional, sino a países distintos en historia, lengua, religión, tradiciones y sensibilidad social. La cuestión es si esa convivencia será algo más que una coincidencia logística y temporal; si generará una experiencia común duradera o apenas una efímera suma de relatos paralelos.