En España pensábamos que los racistas estaban en Estados Unidos, no se nos pasaba por la cabeza considerar que apenas teníamos inmigración extranjera
La joven ha vuelto a casa y le ha contado a su madre que al ir a sentarse en el autobús ha visto cómo la señora de al lado se aferraba a su bolso. La joven llegó a España desde un país africano cuando era bebé, hoy es una brillante estudiante universitaria. No parece darle mayor importancia a la anécdota, pero su madre no puede evitar preguntarse si la actitud despreocupada de su hija no es consecuencia de estar acostumbrada a este tipo de situaciones. Sus amigas suelen decirle que no la ven negra, que la ven como una más entre ellas, ¿blanca? Con esto desean demostrarle que la quieren; pero ella es negra y así quiere ser amada. Negra y esbelta, tanto, que quienes la miran piensan, por qué n...
o se hace modelo, y a veces se lo dicen, podrías ser modelo. Nadie está libre de expandir estereotipos, nadie está libre de albergar unas gotitas de racismo en la sangre. Seguramente, la buena señora que agarró su bolso en el autobús lo hizo como un acto reflejo. En España pensábamos que los racistas estaban en Estados Unidos, no se nos pasaba por la cabeza considerar que apenas teníamos inmigración extranjera. Nuestro racismo doméstico se mostraba con los compatriotas del sur, pero a eso se le llamaba clasismo. También creíamos que incluso los estadounidenses habían desterrado el racismo tras el supuesto fin de la segregación. Veíamos en el cine de Hollywood la épica del ocaso de la esclavitud, de la violencia del sur que parecía acabar con la marcha hacia Washington y asumíamos el final feliz. Tuvieron que llegar Baldwin, bell Hooks, Ta-Nehisi Coates y otros para explicarnos qué sigue significando ser negro en Estados Unidos. Ahora es el latino quien permite que el supremacismo blanco renueve su razón de existir.







