Miles de aficionados toman las calles de la ciudad para festejar el título conquistado el sábado en Sevilla
Alderdi Eder no fue solo un lugar: fue un latido. Un mar humano que desbordó emoción y convirtió cada rincón frente al Ayuntamiento de San Sebastián en un suspiro compartido. Donostia entera se vistió de blanquiazul, y el aire pareció teñirse de orgullo, de historia, de algo que va mucho más allá de un simple triunfo. Pocas veces, en la historia reciente de la ciudad, se había sentido algo así.
No es solo la conquista de la Copa del Rey. Es la forma, el camino, la identidad de un equipo que ha sabido tocar el alma de su gente. La afición, entregada sin reservas, canta, llora, ríe… vive. Cada bufanda al viento era una bandera de pertenencia; cada voz, un eco que retumba en la bahía como si quisiera quedarse para siempre.
Desde Zubieta, el autobús partió como quien inicia una procesión sagrada. Recorrió las calles más emblemáticas de la ciudad y, en cada esquina, en cada balcón, en cada acera, miles de corazones esperaban. No viajaban solo jugadores: viajaban sueños cumplidos, años de fe, generaciones enteras que sienten que todo ha merecido la pena. San Sebastián se fundió en un solo grito, uno de esos que no entienden de tiempo y quedan grabados para siempre.








