Preguntar por los honorarios a la hora de decidir si haces un trabajo parece para algunos una preocupación típica de almas mercenarias

Cada día me llegan al correo ofertas para trabajar gratis en programas ajenos, festivales de pago y cursos de verano en universidades privadas. Casi siempre son de gente que no conozco pero intuyo que cobran por organizar los eventos a los que me invitan. Sin embargo, encuentran apropiado que yo no lo haga. Consideran quizá que viajar a una ciudad de provincias para dormir en un hotel de tres estrellas y comer dos días seguidos un menú del día con otros compañeros es compensación suficiente y apropiada por mi esfuerzo. Sin embargo,

https://elpais.com/elpais/2019/07/30/icon/1564487314_024835.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/elpais/2019/07/30/icon/1564487314_024835.html" data-link-track-dtm="">nunca dicen expresamente: te ofrezco trabajo a cambio de comida y posta en un hotel con dispensadores de jabón taladrados en el azulejo. Lo que hacen es obviar el tema como si fuera un dato irrelevante, y hasta esquivarlo activamente, negándose a proporcionar la cifra en cuestión junto con el resto de datos específicos como la fecha, el lugar del evento y el tema a tratar. O diciendo que “ese asunto del que usted me habla” puede ser consultado en el epígrafe correspondiente de la normativa que adjuntamos junto con otros aspectos de carácter general. Como si, a la hora de decidir si quieres hacer un trabajo, preguntar por los honorarios implica una preocupación mezquina, típica de almas mercenarias, frente a la generosidad luminosa del que ofrece la alternativa más pura de compartir lo que tienes sin esperar nada a cambio. Esta ambigüedad me resulta mucho más problemática que la propia propuesta. A veces hasta parece deliberada, pero no quiero pensar mal.