La cooperación científica entre los dos países ya conecta laboratorios, industrias y políticas públicas, pero aún busca consolidarse como una verdadera alianza estratégica en un mundo marcado por retos globales y crisis sistémicas
Mientras en el semidesierto del Karoo sudafricano una constelación de antenas —parte del mayor radiotelescopio del mundo— rastrea el origen del universo, en España, investigadores analizan esas señales. Y también en ese semidesierto, empresas energéticas españolas desarrollan tecnologías que ya alimentan plantas solares en suelo sudafricano. Entre ambos extremos se dibuja una relación aún discreta, poco mediática, pero cada vez más relevante y permeada por la urgencia climática y la pugna por los recursos: la que une a España y Sudáfrica a través de la ciencia. Adaptando la máxima de Carl von Clausewitz, la ciencia opera como una continuación de la política por otros medios.
Sudáfrica representa una de las grandes paradojas energéticas del siglo XXI. Es la economía más industrializada del continente (más de un tercio de su valor añadido y alrededor del 40% de sus exportaciones proceden de la manufactura, según datos del Banco Mundial de 2024) y su PIB per cápita supera los 6.000 dólares (unos 5.000 euros), lo que la sitúa entre las economías de ingreso medio-alto. Sin embargo, su sistema energético sigue dependiendo en torno a un 70% del carbón, en gran medida debido a su histórico modelo minero-energético. Pese a ello, el país dispone de algunos de los mejores recursos eólicos y solares del planeta, en parte impulsados por inversión española. Una contradicción que, bien gestionada, puede convertirse en una ventaja para la transición entre ambos modelos.







