Teherán resiste frente a EE UU con el uso de artefactos básicos y baratos sembrados en una vía marítima por la que circulaba el 20% del petróleo mundial antes de la guerra

Ni el espionaje de élite, ni la inteligencia artificial capaz de procesar un millar de objetivos en el primer día de guerra, ni el despliegue de tres portaaviones estadounidenses han bastado. El músculo del Pentágono y de Israel ha topado en el estrecho de Ormuz con las minas navales ir...

aníes, un arma tan discreta y barata como eficaz. Teherán no necesitó siquiera asumir oficialmente que las plantó en el lecho marino. Le bastó con señalar “zonas de peligro” en este embudo de 167 kilómetros de largo y 33 kilómetros en su parte más angosta. Así taponó durante siete semanas el paso del 20% del crudo mundial, negoció un alto el fuego con Estados Unidos y accedió a reabrir el paso el pasado viernes, aunque con marcha atrás el sábado. Teherán ha conseguido que ya no se plantee sobre la agenda de diálogo el cambio de régimen. Todo eso, sin detonar una sola mina, con la mera sospecha de su presencia.

Lo curioso es que este arma era de todo menos secreta, porque Irán ya venía amenazando desde hace décadas con bloquear el paso. Y se valió de ella en la llamada Guerra de los Petroleros, donde EE UU combatía junto a Irak en su batalla contra Irán. En abril de 1988, la fragata estadounidense Samuel B. Roberts fue alcanzada por una mina iraní que le abrió una brecha de cuatro metros en el casco. El Pentágono respondió con la operación Praying Mantis, su mayor acción naval desde 1945: destruyó plataformas petrolíferas iraníes usadas como bases militares, hundió dos fragatas y causó decenas de bajas iraníes. Fue una derrota naval para Teherán, pero ambas partes sacaron valiosas lecciones. Entre ellas, que bastaban varias bombas sembradas en el estrecho de Ormuz para desencadenar una crisis económica mundial.