El alojamiento de cinco estrellas es un escaparate diario de la tutela estadounidense en el país
A las ocho de la mañana, la veintena de marines que se aloja en el JW Marriott de Caracas empieza a bajar a desayunar. Es un espectáculo singular. Tienen entre 30 y 40 años y casi todos lucen, como Freddie Mercury, un bigote chevron. Los tatuajes trepan hasta el codo, a veces hasta las rodillas. Gorras, pantalones cortos y camisetas con leyenda. Alguna imprevista en la era bélica de Donald Trump. No war team, se leía en una de ellas la semana pasada. Los marines, un cuerpo de élite de acción rápida, no faltan un día al gimnasio, cumplen horarios y nunca se separan de su walkie-talkie. Son los más visibles, pero en el resto de mesas hay agentes de la CIA, del Departamento de Est...
ado, de la Embajada… Todos ellos son parte de este nuevo momento político que se vive en Venezuela desde el pasado 3 de enero. Uno en el que Estados Unidos tiene más poder que nunca en el país, ha medio sometido al chavismo y opera desde un hotel de cinco estrellas en un barrio financiero de Caracas.
El JW Marriott —JW es la línea prémium de Marriott— es un edificio de ladrillo de 17 plantas que no llama especialmente la atención. Tiene unas 300 habitaciones con cierto toque viejuno que, regateando, se pueden conseguir por 200 dólares sin desayuno. Piscina exterior, gimnasio, un restaurante en el que un plato y una bebida pueden costar unos 50 dólares, bar con cócteles normalitos y más de mil metros cuadrados de salones para eventos y reuniones. También una tienda de vestidos de novia y otra de trajes de chaqueta. No es el lugar donde uno esperaría que se fraguase el futuro de un país.






