La feria de literatura infantil y juvenil de Bolonia se ve salpicada por la crisis geopolítica, la debilidad de la democracia o el apetito rápido e insaciable del mercado

En la feria de Bolonia hay libros y colores en cada esquina, salvo en una. Por todos lados brotan cuentos sobre unicornios, escuelas misteriosas y cualquier otro asunto. Pero el único estand vacío del principal evento dedicado a la literatura infantil y juvenil cuenta una historia muy distinta. Dos cintas de plástico acordonan el espacio, que apenas luce una mesa con un papelito encima: da fe de que la empresa encargada completó la limpieza. Cruel ...

ironía: la editorial iraní Kanoon no ha logrado venir por la ofensiva militar de EE UU e Israel sobre el país asiático. “Intentaron hasta el final acudir, pero no pudo ser”, informan desde la feria. Justo enfrente está la casita del Instituto Tamer, que trata de seguir difundiendo libros en la Palestina arrasada por Netanhyau. Por el recinto boloñés, miles de autores, editores y agentes alimentan un universo donde las ballenas abrazan, los ratoncitos sirven té y todo es posible. Pero el mundo real, últimamente, tampoco se queda corto de ocurrencias. Inevitable que guerras, crisis y frenesí afecten también a la literatura para pequeños. Ni los adultos entienden ya este caos.