Saramago fue lo más parecido que tuve a un mentor literario. Y para que este reconocimiento se formalice, me tatúo su firma en Lisboa
Piso Lisboa por primera vez como quien camina sobre una isla. Noto un ligero temblor, quizás un coletazo del terremoto que asoló la ciudad cien mil días atrás, o un recuerdo de lo que sucedió hace cuarenta años. No me refiero al incendio del Chiado, sino a cuando la península ibérica se separó del continente y flotó océano abajo. Me faltaban entonces cuatro años para nacer. ¿Acaso puedo saber a ciencia cierta si esto sucedió o no? Tal vez ocurrió y los testigos prefirieron olvidarlo....
Todos menos Saramago, que en 1986 publicó La balsa de piedra e hizo que medio mundo imaginara la abrupta escisión. Hoy la siento bajo mis pies, aunque ya no estén ladrando todos los perros de Iberia a la vez.
Vine a Lisboa a realizar un ejercicio de resignación literaria: a renunciar a mi identidad, cual Fausto ante Mefistófeles, y asumir, sin fisuras, que soy porque leí, y que, por ende, soy como soy por haberme leído hasta los andares de don José Saramago: europeísta, demócrata, iberista y fabulista. Por él, invento territorios que se separan y lazos entre tierras hermanadas. Y por él, al escribir levanto arquitecturas y alegorías oníricas que siempre se deben a una premisa irreal: ¿qué pasaría si… se pudiera viajar al interior de las pinturas de los museos… o un volcán en Madrid recogiera toda la sangre de la guerra in-civil española… o la luz solar y artificial se fueran en Barcelona? Saramago fue lo más parecido que tuve a un mentor literario, y es la razón misma por la que vine a Lisboa, además de para presentar la traducción al portugués de La península de las casas vacías: para aceptar que no soy más que una de sus creaciones. Y, para que este reconocimiento se formalice, mañana me tatuaré su firma en el cuerpo. Me la tallará Malik, un brasileño cuya madre trabaja para la Fundación del escritor. Uno de los mejores tatuadores de Lisboa, me dicen: @numastudio_pt.






