El debut novelado de la poeta Aria Aber narra la violencia y los exilios con la cotidianidad real de nuestras sociedades
La oscuridad tapa la vergüenza y democratiza los cuerpos que se mueven por el Búnker, la discoteca más grande de este Berlín imaginario. Pero podría ser cualquier club de cualquier otra localidad del mundo. Ya lo decía
f" rel="" title="https://elpais.com/babelia/2022-04-09/la-onomatopeya-que-dio-comienzo-al-rock-and-roll.html" data-link-track-dtm="">Nik Cohn en los setenta, en el artículo que inspiró Fiebre del sábado noche (1977), da igual si eres carpintero, si sabes vestirte o bailar bien encajas de lujo en la pista, no importa tu contexto. En estos circuitos se encuentra Nilab —estilado Nila, sin la b, para ocultar sus orígenes—, una post-adolescente que aún en la época actual, encuentra su mimesis en la vida y metamorfosis de Kafka, porque “¿quién iba a entender mejor las vicisitudes de un hombre atrapado en el cuarto de la infancia, bajo una apariencia deshumanizada, que una niña afgana intentando salir adelante?”.
Nacida en Berlín, y criada en el complejo de protección oficial de Gropiusstadt, a la sombra de una vida más justa, su llegada al mundo “fue consecuencia de una larga cadena de sucesos geopolíticos, que comenzó con Brzezinski, asesor de Seguridad Nacional de Estados Unidos que consideraba Afganistán un tablero de ajedrez para salvar a Polonia, su país natal, y terminó una década después, cuando los rusos hicieron retroceder sus tanques dispuestos a asumir el derrumbe de la URSS”. Sus padres, médicos ambos, emigraron desde Kabul, abandonandolo todo, desde su dinero, su lengua, hasta sus profesiones, para terminar disociados en un ghetto, donde hay de todo menos homogeneidad, incluida la convivencia interespecie y con un grupo de vecinos ultra.






