‘El secreto de la pirámide’, adaptación hollywoodiense de las aventuras de Sherlock Holmes, fascina cuarenta años después a varias generaciones que ven en ella el germen de muchas sagas que llegaron después

Mientras sonaba la elegante música de Bruce Broughton y los créditos finales de El secreto de la pirámide se deslizaban por la pantalla, veíamos un carruaje avanzar sobre la nieve, el mismo carruaje desde el que su protagonista, un joven Sherlock Holmes, se había despedido del fiel Watson. O eso creían los espectadores despistados. La sorpresa llegó cuando, tras adentrarse en un hotel, contemplábamos por fin el rostro del viajero y leíamos su firma en el registro de huéspedes: Moriarty. Un caramelo para cualquier seguidor de la obra de Conan Doyle, que acababa de descubrir el origen de un personaje esencial. ¡El enemigo de Holmes no había muerto y además se iba a convertir en su futur...

a pesadilla! ¿El problema? Que en ese momento la mitad del público había abandonado la sala.

“Mucha gente no se quedó a ver los créditos”, reconoció su protagonista Nicholas Rowe en The Telegraph. “Y es una escena muy divertida”. No es raro que sucediese en su estreno, del que en España se cumplen estos días 40 años, pero ocurre todavía. Si uno no está atento, se lo lleva por delante la impaciente cuenta atrás de Netflix, la plataforma que la ha incorporado en su catálogo hace unas semanas. Hoy casi todas las películas de superhéroes o animación cuentan con no una, sino dos o hasta tres escenas postcréditos, pero a mediados de los ochenta apenas se habían visto un par de ejemplos que habían funcionado casi como un premio para los espectadores que se quedan en la sala. Además, en aquellas ocasiones su fin era humorístico y no afectaba a la trama principal, pero aquí era relevante. Mucho.