Para quienes han convertido su imagen en su principal herramienta de trabajo, la suplantación de identidad no es solo un problema reputacional, sino una amenaza directa a su sustento económico
Después de pasar la mayor parte de su vida en el mundo corporativo, conviviendo con la presión de las ventas, el estrés y la ansiedad, Cristian Blanch decidió dar un giro a su vida y empezó a compartir su pasión por el yoga y la meditación a través de su cuenta de Instagram. En poco tiempo se hizo con un gran número de seguidores y pudo dejar su trabajo para dedicarse solo a su pasión: la divulgación de la meditación a través de las redes sociales. Hizo charlas, clases, vídeos, imágenes, presentaciones; en definitiva, un montón de contenido online que se convirtió en su sustento vital. “Hasta que me di cuenta de que
-son-el-segundo-delito-mas-denunciado-nadie-esta-a-salvo-de-caer-en-la-trampa.html" target="_blank" rel="" title="https://elpais.com/tecnologia/2024-03-10/las-ciberestafas-ya-son-el-segundo-delito-mas-denunciado-nadie-esta-a-salvo-de-caer-en-la-trampa.html" data-link-track-dtm="">alguien estaba usando mi imagen para estafar a otros. Recibí mensajes de personas que habían pagado por estos servicios y no recibieron nada”, cuenta Blanch, de 46 años. “Me pedían ayuda y yo me sentí completamente fuera de todo. No sabía qué era real y qué no lo era”, añade.






