Los socialdemócratas intentan que la lucha por lograr la libertad de su líder no decaiga, mientras el presidente turco se apoya en la coyuntura internacional para neutralizar a la oposición

Hace un año, a las siete de la mañana, cientos de agentes de policía se presentaron en la vivienda del entonces alcalde de Estambul, el socialdemócrata Ekrem Imamoglu, para llevárselo detenido. Ese fin de semana de marzo de 2025 iba a ser designado candidato de su partido a las elecciones presidenciales de Turquía, previstas en principio para 2028, y las encuestas le sonreían: lo colocaban con cierta ventaja sobre Recep Tayyip Erdogan, que gobierna el país desde 2003. Mientras la policía accedía a la vivienda e Imamoglu terminaba de vestirse y anudarse la corbata, grabó un vídeo para las redes sociales: “Nos enfrentamos a la tiranía, pero jamás abandonaré. Me encomiendo a mi pueblo. Que todos sepan que me mantendré firme”.

Imamoglu lleva un año entre rejas y se ha mantenido firme. Pero la Administración le ha retirado el título universitario alegando irregularidades —lo cual cortocircuita su candidatura, porque es necesario ser licenciado para concurrir a las presidenciales— y él afronta una docena de juicios por delitos que conllevan penas de cárcel e inhabilitación política: en el último y mayor de todos, que se inició la semana pasada y en el que se le acusa de dirigir una red corrupta, se enfrenta a una petición de condena de más de 2.000 años de prisión.