Quiso trasponer el espíritu de las tertulias a la tele, lo que suponía, en cierta forma, socializar una cultura que solo disfrutaban cuatro señoritos
Andaba yo preparando un libro que me exigía reunirme con periodistas talluditos para que me contasen historias, y amenacé con llamarle “un día de estos” para sonsacárselas. “Llámame cuando quieras —me dijo—, pero como tardes mucho, igual me llamas después de muerto”. Era paradójico que alguien tan supersticioso, tan coqueto y que se enfadaba tanto si le llamaban viejo bromease con ese desparpajo sobre la muerte. ...
No voy a engrosar el anecdotario de Raúl del Pozo, que ya ha sido glosado a conciencia en estos días de luto, pero quería disparar al menos una columna en honor de quien fue maestro del columnismo, aunque le reventase que le llamaran maestro.
Se ha recordado mucho al Raúl del Pozo que levantaba exclusivas y al que daba palos con adjetivos, y también se ha evocado al de las juergas con los grandes juerguistas del siglo XX, de Paco Rabal a Orson Welles. Se ha hablado algo menos del Raúl del Pozo televisivo. En la memoria ha quedado su estampa de tertuliano en los años del reinado de María Teresa Campos, la de un señor travieso que metía los aguijonazos más hirientes con una sonrisa bondadosa. Pero su influencia en el medio estuvo detrás de las cámaras.






