Los países del Golfo han comprobado que su margen de maniobra es mínimo cuando la región se incendia y EE UU decide actuar según sus propios intereses. Lo mismo le pasa a la UE

La nueva guerra en torno a Irán no solo está reconfigurando el equilibrio de fuerzas en Oriente Próximo. También ha dejado al descubierto verdades incómodas que, durante años, muchos gobiernos preferían no mirar de frente. Lo que está en juego no es únicamente la estabilidad regional: es la arquitectura de la seguridad global y la manera en que los Estados —ricos o pobres, g...

randes o pequeños— entienden su propia vulnerabilidad en un mundo donde las alianzas son menos fiables y la geografía sigue siendo destino.

La primera lección es especialmente dolorosa para las monarquías del Golfo. Durante décadas, su modelo de seguridad se basó en una ecuación simple: abundancia de recursos, compras masivas de armamento y un incremento constante del peaje político pagado a Estados Unidos, en particular a la familia del presidente de Estados Unidos, a cambio de protección. El resultado parecía sólido: Estados ricos, militarmente equipados y diplomáticamente respaldados. La guerra ha demostrado lo contrario.

Ni el dinero ni las alianzas garantizan autonomía si la estructura estratégica depende enteramente de un actor externo. Pese a su riqueza, los países del Golfo han comprobado que su margen de maniobra es mínimo cuando la región se incendia, y Washington decide actuar según sus propios intereses, no los ajenos. Un espejo incómodo para Europa, que sufre la misma paradoja: economías avanzadas, pero una capacidad limitada para defender sus intereses sin la tutela estadounidense. El mensaje es inequívoco: la seguridad delegada deja de ser seguridad cuando la crisis es real. Los países del Golfo también necesitan definir su autonomía estratégica.