El ataque a Irán consolida la apuesta que Netanyahu hizo en 2023 por imponer su ley en la región y controlar más territorio ajeno

El 9 de octubre de 2023, dos días después de que Hamás causase la jornada más letal para Israel (unos 1.200 muertos) con su ataque sorpresa, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, pronunció una frase que sonó más a desideratum que a plan: “Vamos a cambiar Oriente Próximo. Este es solo el principio”. Su fuerza aérea lanzaba entonces sobre Gaza casi mil bombas al d...

ía, matando a cientos de personas a diario.

Dos años y medio de guerras más tarde, la franja palestina es ya un escombro sepultado en las preocupaciones de las cancillerías (con el ejército israelí sin prisa ni presión por cumplir su compromiso de replegarse de más de la mitad de Gaza que controla) y Netanyahu está ahora embarcado en culminar su “sueño” (en sus palabras) desde hace décadas: intentar derribar el régimen de Irán, su gran competidor regional.

Es el último episodio de un camino en el que Israel nunca había atacado tanto, tan lejos y en tantos sitios. Desde 2023 ha bombardeado siete territorios (Irán, Yemen, Qatar, Cisjordania, Siria, Líbano y Gaza) y controlado más terreno en varios de ellos, con vocación de permanecer “para siempre”, como ha dicho su ministro de Defensa, Israel Katz.