Merz reactiva una Alemania más nacional en lo económico y más atlantista en defensa, debilitando el impulso hacia una Europa más integrada

Vuelve el peligro alemán. ¿El de los años treinta? Quizá uno parecido al de la Gran Recesión, el designio que denostó el añorado Ulrich Beck en “Una Europa alemana” (Paidós, Barcelona, 2012). ¿Se acuerdan? Se refería a cuando “las crisis invitan a la acumulación de poder”: en aquel momento económico-financiero, aunque “en ciertas circunstancias pueden provocar su caída”....

El peligro alemán de hoy es que el país-locomotora de la UE active los rescoldos atenuados del prusianismo siempre latente. A saber, nacionalismo egoísta en política económica, en vez de europeísmo. Ahora, combinado con un atlantismo abrasador del europeísmo en política exterior y defensa, clave no solo para la geoestrategia política, sino también para la geoeconómica.

Hace un año que recibimos al (todavía futuro) canciller Friedrich Merz con grandes esperanzas europeas. Prometía abandonar el austeritarismo de los liberales que emponzoñaron a su antecesor socialdemócrata, Olaf Scholz. Retiraría el idiota “freno” constitucional a la deuda doméstica, que constreñía a la potencia continental a la miseria infraestructural y al estancamiento macroeconómico. Invertiría medio billón de euros en un decenio ―buena parte en industria verde―, lanzaría la inversión militar y permitiría a los Länder endeudarse.