Alentada por uno de los abogados de Atocha y con la ayuda del dibujante Forges, una asociación de amas de casa solicitó el permiso de esta pionera protesta que se anticipó a la democracia y discurrió sin “jaleos”, algo que aplaudieron las autoridades del régimen

El 13 de marzo de 1976, varios cientos de personas experimentaron en el madrileño barrio de Canillas la extraña sensación de protestar sin represalias durante una dictadura. Porque Franco había muerto, pero la democracia aún estaba por llegar. Por ella luchaba entonces Marta Hidalgo, militante comunista en la clandestinidad que agitaba a su vecindario desde una inofensiva asociación de amas de casa. “Cuando la registramos, el falangista que nos dio los papeles abrió un cajón, sacó un pistolón, lo puso encima de la mesa y dijo: espero que no lo tenga que usar contra ustedes”, recuerda Marta, de 81 años, sin atisbo de drama. “Siempre he sido muy echada para adelante”, apostilla esta administrativa jubilada que tuvo la osadía de solicitar permiso, ante la administración del régimen franquista, para protestar contra el abandono de la dictadura a barrios periféricos como el suyo, Canillas. Y no solo consiguió el permiso: incluso esas autoridades franquistas la felicitaron por el buen transcurso de aquella primera manifestación autorizada en Madrid tras la muerte del dictador, cuatro meses antes.