La película de Mona Fastvold recrea el nacimiento, en el siglo XVIII, del culto de los ‘shakers’, con Amanda Seyfried en la piel de su líder espiritual
El canto y el baile forman parte del culto de los shakers, escisión de los cuáqueros protestantes fundada en el siglo XVIII de la que hoy apenas quedan practicantes, entre otros motivos porque en la base de sus creencias está el rechazo absoluto al sexo. A cambio, los shakers se empleaban en sus cánticos y en sus tareas artesanales; de ahí su reputación de grandes carpinteros. Su principal líder espiritual fue una mujer, la madre Ann Lee, que abandonó Inglaterra para instalarse junto a su comunidad en Maine, donde hoy, según los registros, apenas quedan tres devotos. ...
El testamento de Ann Lee es el drama histórico-religioso-musical de la noruega Mona Fastvold, colaboradora habitual de su pareja, el estadounidense Brady Corbet. Juntos han escrito la mayoría de sus películas, y eso incluye a la más reconocida, The Brutalist. Ahora repiten con esta, con Amanda Seyfried en la piel de una líder religiosa capaz de construir una comunidad en torno al pacifismo, la igualdad de género y el celibato.
El drama que plantea Fastvold está urdido alrededor de los himnos de los shakers, recreados para la banda sonora por Daniel Blumberg, que hace un año ganó el Oscar a la mejor música por su trabajo en The Brutalist. Pero si hay algo que no funciona en esta película es su histérica dramatización musical, que resulta redundante y plomiza, mal integrada en un relato narrado por una voz en off cuya aridez pedía menos pompa y más exigencia en su encaje musical. El testamento de Ann Lee traduce los secos espasmos que caracterizan al baile de su culto en coreografías que se vuelven rimbombantes y repetitivas, rozando lo irritante. Es lo contrario (en fondo y forma) a la emoción que lograban Lars Von Trier y Björk en la trágica Bailando en la oscuridad.







