Lidia Mayordomo y William Carvalho, investigadores de la Universidad Autónoma, estudian sus beneficios y observan su desigual presencia en la capital porque hay más espacios verdes en las zonas ricas

Son tan ligeros que lo lógico sería que se los llevara el aire. El Pipistrellus pipistrellus, uno de los más comunes, oscila entre los tres y los ocho gramos. Vuelan con las manos, gracias a una membrana de piel extendida sobre sus dedos. Si el destino se porta bien con ellos son capaces de vivir hasta unos 20 años. Hay mucho falso mito alrededor suyo, como por ejemplo que chupan sangre. De las 1.500 especies de murciélagos en todo el mundo, apenas tres lo hacen. Se distribuyen desde México hasta el centro de Chile y Argentina. Lidia Mayordomo, de 37 años, ha dedicado a este mamífero una gran parte de su tiempo desde que comenzara su trabajo de fin de grado en la universidad. “No sé l...

o que me gusta de ellos, pero me encantan. Son fascinantes”, reconoce. Mayordomo, junto a su profesor William Carvalho, de 41 años, acaba de firmar un estudio sobre cómo, en una ciudad que “perturba tanto el medio” como Madrid, la presencia de vegetación favorece el incremento de murciélagos. “Esto no sería ninguna frivolidad. Los murciélagos no solo favorecen la biodiversidad, sino que mejoran la calidad de vida de las personas”, afirma Carvalho. La semana pasada, un concejal de medioambiente del ayuntamiento de Quebec (592.884 habitantes, Canadá) les llamó para interesarse por el proyecto para tenerlo en cuenta en los futuros planes urbanísticos de la ciudad.