En un tiempo y desde casi todos los partidos, la política exterior se guiaba por valores y principios generales antes que por el afán de desgastar al rival
Desde el ataque a Irán, Alberto Núñez Feijóo blandió su fusil dialéctico en favor de Donald Trump y contra la posición internacional de España. Justificó los bombardeos Trump-Netanyahu con una teoría capciosa: “Antes del derecho internacional están los derechos humanos y en Irán no se protegen”.
Todos los añadidos son mera pimienta contra su Gobierno. Como ese de que “lo que ya es el colmo” de Pedro Sánchez es que “polemiza en público con Trump”. ¿Mejor debatir en una guardarropía? El yerro del antipatriotismo como parte del partidismo opositor no ha sido permanente. En un tiempo y desde casi todos los partidos, la política exterior se guiaba por valores y principios generales antes que por el afán de desgastar al rival.
Desmarcarse en esa política de tu Gobierno (tuyo aunque te irrite); o sea, de quien encarna en cada momento tu Estado (al que un patriota asegura pertenecer); es decir, de tu país (al que promete todo por la patria), solo era pensable en caso grave de extremo desvarío. Como el de apoyar una guerra (“preventiva”) sin previa amenaza-existencia de armas de destrucción masiva.






