Lo único que hizo el jugador del Getafe fue poner la cara y aguantar un trastazo que, viniendo del defensa del Madrid, delata más un patrón que una imprudencia que ha sido mirada con lupa en Alemania

Si existe un deporte con tendencia a perdonar ese es el fútbol, quizás por aquello de que cada aficionado maneja su propio código de justicia. El mismo codazo puede ser intencionado o sin querer, dependiendo de los ojos que lo juzguen, y una entrada violenta se puede quedar en un simple lance “a destiempo” porque, en el fondo, todos queremos creer que ningún futbolista se lanza al suelo con intención de hacer daño a un compañero de profesión. Se perdona el insulto cuando es en caliente y se admite la amenaza de ampliar la tangana al túnel de vestuarios porque el fútbol se rige por códigos antiquísimos, algunos grabados en piedra, donde al guerrero se le perdona casi cualquier exceso en pos d...

e un bien mayor: la victoria.

El lunes, en el Bernabéu, volvió a ocurrir aquello que en los bares se lleva despachando desde la aparición de los televisores con un simple “si llega a ser al revés”. La infame agresión de Antonio Rüdiger sobre Diego Rico puede no serlo desde una óptica partidista, ya se sabe: la tecnología solo ha servido para aportar más ángulos a la misma sensación de siempre, que es la de observar algo evidente y escuchar al de al lado diciendo que no es para tanto. No lo fue, por ejemplo, para los comentaristas de DAZN. Ni para los encargados de preparar los rótulos con que se adereza el postpartido, que decidieron titular la acción como “el choque entre Rüdiger y Diego Rico”. Es una opción respetable que, extrapolada a cualquiera de los grandes sucesos de la historia, podría arrojar enfoques tan extravagantes como “el choque entre Lee Harvey Oswald y JFK”. O “el choque entre Gengis Khan y sus vecinos”. Maravillas de lo neutro, más allá de algún que otro detergente.