Recibió una orden de expulsión tres semanas antes de que Estados Unidos atacara Irán. Su caso ejemplifica el drama de personas que fueron acogidas de niños y que, por no haber recibido la nacionalidad, pueden ser deportadas
Cuando creía que la perspectiva de verse deportada a Irán no podía ser peor, el país que considera el suyo, Estados Unidos, empezó la guerra. “Todo esto es una locura. Es surrealista. Definitivamente es más peligroso para mí ahora”, afirma Buttons, el apodo que le pusieron de pequeña por sus grandes ojos negros y que prefiere usar una mujer iraní para no ser identificada.
El ataque de Estados Unidos e Israel contra Irán añadió más horror al sombrío panorama que se le avecina si se cumple la orden de deportación que el 7 de febrero le llegó de parte del Departamento de Seguridad Nacional (DHS). “No me imagino ir en estas circunstancias, ya han matado a seis militares estadounidenses”, apunta, recordando que ella es hija de un soldado estadounidense, lo que pesaría en su contra al llegar a Irán. Además de ser mujer en un país donde las mujeres han sido despojadas de sus derechos y de religión cristiana en un Estado musulmán.
Le queda la esperanza de que el conflicto armado que el Gobierno de Donald Trump ha iniciado en Irán y que ya tiene repercusiones en todo Oriente Próximo le favorezca de alguna manera en su caso, porque no entiende que se pueda “enviar a alguien a un país que están bombardeando y, lo que es peor, a alguien que no tiene ninguna familia allí”.







