El futbolista español, ya en Madrid, narra su salida hasta Turquía por carretera tras el cierre del espacio aéreo por la ofensiva de EEUU y la angustia de las horas sin internet
Era viernes 27 de febrero y el plan era otro. Iván Sánchez (Campillo de Las Arenas, Jaén; 33 años) había jugado esa tarde en Teherán con su equipo, el Sepahan FC, contra el Peikán y, tras el partido, el entrenador les dio dos días y medio libres. La idea era sencilla: pasar ese pequeño descanso en Dubái y volver después a la rutina. Nada hacía pensar que, en cuestión de horas, el viaje sería otro y el destino, muy distinto.
Desde hacía días se hablaba de la tensión entre Irán y Estados Unidos, con Israel como telón de fondo. Pero esa tensión formaba parte del paisaje. “Llevábamos escuchando lo mismo desde que llegamos. Siempre había rumores, siempre había problemas, pero nos decían que no iba a pasar nada”, explica el futbolista una vez ya en Madrid en conversación con EL PAÍS. En el vestuario, los compañeros iraníes repetían un mensaje tranquilizador: nunca habían atacado, no lo harían ahora.
El sábado por la mañana llegaron al aeropuerto para tomar el vuelo de las 9.50 hacia Dubái. Todo transcurría con normalidad hasta que, ya dentro del avión, llegó el anuncio: el espacio aéreo acababa de cerrarse. Vuelo cancelado. “Ahí ya pensamos: cuando cierran el espacio aéreo, algo ha tenido que pasar”, recuerda Sánchez, que coincidió en el mismo vuelo con Munir, exjugador del Barcelona. Bajaron del avión y comenzaron a mirar noticias. Confirmaron lo que temían: ataques en el centro de Teherán.







