La incredulidad, la esperanza y la incertidumbre se entreveran a ambos lados de la frontera con la duda de cómo y cuando se materializará la desaparición de la Verja
Eustaquia Aquilina murió el pasado mes de abril a los 83 años con la pena de no ver caer esa frontera de Gibraltar que tanto condicionó su vida y la de su familia hasta su último aliento. “La pobre no llegó a verlo”, relata su hermano Manuel Márquez. Él, trabajador transfronterizo ya jubilado tras 46 años de vida laboral; ella, residente en Gibraltar después de casarse con un llanito. Ambos, separados por ese cierre franquista que dejó la comarca rota de 1969 a 1982. Márquez no puede dejar de acordarse de su hermana en el día histórico en el que
title="https://elpais.com/espana/2026-02-26/espana-tendra-derecho-de-veto-sobre-los-permisos-de-residencia-en-gibraltar.html" data-link-track-dtm=""> se ha desvelado el texto del tratado que regirá las relaciones a ambos lados de una frontera abocada a desaparecer: “En sus últimos meses, como estaba enferma de cáncer, la llevaba a Algeciras a tratarse y luego nos comíamos las colas de la frontera con ella vomitando, fue muy duro”.
Historias como la de los hermanos Márquez —Eustaquia tomó el apellido de su marido al casarse— son susceptibles de aparecer en cada esquina de Gibraltar o La Línea, a mínimo que se pregunte. El territorio inglés —de 40.000 residentes— está tan vinculado a su entorno español —donde viven 280.000 habitantes en varias localidades, entre ellos los 15.000 trabajadores transfronterizos— que lleva una década transitando entre las sombras de pensar qué hubiese sido de todos si se hubiese materializado un Brexit duro. “Le damos la bienvenida, después de 10 años tenemos un marco de certidumbre porque hemos estado viviendo años sin saber cómo iba a salir esto”, resume John Ísola, presidente de la Cámara de Comercio de Gibraltar y de la compañía de importación de bebidas y comidas Anglo Hispano.








