La policía catalana activa un plan para una recogida y un análisis más eficiente del ADN
El milagro bíblico del pan y los peces equivaldría en la actualidad al ADN de una colilla que resuelve un crimen en minutos. Ciencia ficción con mucho predicamento: incluso el consejero del Interior Felip Puig confió en que unas puntas de unos cigarros revelasen los causantes del incendio de Portbou de 2012. Al año siguiente, la causa se archivó sin autor conocido. El ADN es esencial en el mundo de la investigación criminal, pero menos concluyente y definitivo por sí solo y, sobre todo, muchísimo más lento de obtener de lo que cuentan en las series. Esa dificultad ha llevado a los Mossos a externalizar por primera vez el análisis de 4.000 muestras de ADN para desatascar sus laboratorios genéticos. Cada año reciben unas 5.000, aunque su capacidad de respuesta oscila entre los 3.000 y los 3.500 análisis.
“Es un problema histórico”, admite el comisario jefe de la Comisaría General de Investigación Criminal (CGIC), Ramon Chacón, que ha convertido en una de sus prioridades mejorar la eficiencia de laboratorios de la policía científica. En un intento de aterrizar una materia compleja, el mando policial advierte de que las peticiones de análisis de ADN serían “interminables” si no se pusiese un filtro: desde un hurto, pasando por una estafa menor, hasta acabar en un asesinato. Y tampoco garantizan dar con el delincuente: “Las bases de ADN son pequeñas. No se puede reseñar a todo el mundo, es voluntario”. El ADN, añade, sirve sobre todo como prueba en una investigación sólida que apunta al autor de un delito.






