Una vez más, todo parece indicar que no discutimos el improperio, sino el derecho a creernos la versión que más nos conviene

A pocas horas de que Real Madrid y Benfica se citen en el Bernabéu, el debate se concentra en la sanción preventiva que la UEFA había decido imponer a Gianluca Prestianni por los presuntos insultos racistas contra Vinicius en el partido de ida. En realidad, es casi un tecnicismo, pues el propio futbolista argentino reconoció ...

haber insultado gravemente al brasileño, aunque jugando la carta de la homofobia, que debió parecerle más defendible que la xenófoba incluso a él, protagonista indiscutible del incidente por hache o por be.

Como en todas las polémicas que rodean al futbolista del Madrid, las muestras de indignación se han sucedido en múltiples sentidos: con Vinicius han quedado obsoletos todos los principios de la bidireccionalidad. Por un lado, están los que argumentan que no se puede sancionar a un futbolista sin más pruebas que la palabra del contrario, una especie de doctrina Soto Ivars, alineados por una vez con los habituales del “hermano, yo sí te creo”: al aparecer el brasileño de nuevo en la ecuación, piensan los segundos que llueve sobre mojado. También se han pronunciado los racistas indignados, esos que un día llaman “mena de mierda” al contrario y al siguiente salen en defensa de Vini tuiteando cosas como “eres un racista asqueroso, Prestianni, gitano”. No es fácil ser racista a tiempo completo, supongo. O antirracista, de ahí que siga haciendo fortuna la teoría de que a los otros negros del Madrid nunca los insultan, solo a Vinicius.