La crisis climática pone en riesgo la salud de los deportistas en competiciones estivales como la ronda gala, según un estudio que ha analizado 50 ediciones de la carrera ciclista

El Tour de Francia es una carrera afortunada y abusona, repiten, muy envidiosos, los organizadores de otras pruebas, que denuncian que la carrera ciclista por antonomasia tenga copado el mes de julio, las semanas en las que menos competencia pueda haber de otros deportes; en las que, sobre todo, no hay liga de fútbol, que todo lo devora.

Si no se corriera en julio desde su primera edición, en 1903, el Tour no existiría. Lo inventó un periódico deportivo, L’Auto, que buscaba medios para aumentar la tirada y la publicidad en el mes en el que menos se vendía, en julio justamente, el mes en el que los episodios de canícula se repiten.

Más de su 120 años después, y ya bien entrados en el siglo XXI de todas las crisis climáticas, el mes de julio más que una fortuna puede ser una maldición, según avanza, imparable, el calentamiento global. Sin calor, nadie entendería el Tour, las tardes de siestas sudorosas en el sofá ante la tele mientras los ciclistas se abren los maillots y sudan litros de agua y sal que dejan, indelebles en la ropa, la marca de la épica y el sufrimiento que tanto se les admira, un cerco blanco. Pero con temperaturas extremas, en medio de olas de calor cada vez más frecuentes, el espectáculo peligra. Y la salud de los artistas, pues se incrementa el riesgo de estrés térmico.