Nuestra sensibilidad con respecto a temas como el racismo aumentó en los últimos años, pero una vez más el fútbol demuestra que llega tarde a todas las revoluciones
Estamos en la semana en la que el racismo bajó de las tribunas al terreno de juego. Aunque el jugador es un hincha que juega, no es lo mismo un territorio que otro. La tribuna es un lugar idóneo para perder el control: se contagian los excesos, se autoriza el insulto, se aprovecha el anonimato. Pero en el campo te apuntan las cámaras, el rival es un colega y se supone que hay una responsabilidad social propia de quienes estamos bajo observación.
La cuestión es que un supuesto insulto racista (no tengo duda, pero tampoco prueba) escondido detrás de una camiseta, puso al fútbol ante todas sus contradicciones. El Benfica entero se puso detrás de la camiseta de Prestianni solo porque es uno de los suyos. Desde el entrenador hasta el presidente activaron el sesgo de pertenencia: pensaron como piensa la tribu a la que pertenecen, defendiendo su identidad y sus intereses. No tengo intereses en juego en esta historia, pero noto que me pesa escribir sobre el tema por pura argentinidad. Prestianni es de los míos por la peor de las complicidades: la nacionalista. Ese es el botón malsano que suele utilizar el fútbol, al fin y al cabo, patria chica.






