La modelo, de 52 años, está viviendo una especie de segunda edad dorada, no solo en lo personal. Ahora más que nunca siente que su trabajo es “un regalo”

Viene de Milán, de tomarse una pizza “riquísima” en un polígono y de dar un largo paseo. Ha ido y vuelto en el mismo día, pero está feliz de haber ido. Los que la conocen saben que Laura Ponte siempre hace eso: viaja muy ligera de equipaje, se planta en cualquier ciudad del mundo que requiera su presencia, a hacer fotos o un cásting, y aprovecha para perderse y visitar zonas poco exploradas o, simplemente, sentarse en una terraza con un vino a mirar a la gente pasar. Siempre comenta que su trabajo es un regalo. “Es que no sabría por dónde empezar a dar las gracias. Me ha permitido superar la mitad de mis complejos”, dice.

Cuando empezó, a los diecinueve, le costaba ir sola a los sitios. “Me lo tuve que tratar, porque tenía que ir siempre acompañada, me daba vergüenza, no sé, ir a comer sola, incluso pasear sola. Pero la vida te pone contra ti misma a veces, y al final me solté”. Se soltó tanto que, de joven, en los noventa, tras una sesión de fotos con Juergen Teller en la selva brasileña, decidió unirse a su equipo y acompañarles a Miami a otro trabajo mientras toda su familia la buscaba como loca porque no sabían dónde estaba. Hace poco, se encontró con el fotógrafo en París y él mismo se acercó a recordar aquello entre risas. “Esta Navidad mi madre me ha dado los papeles de la denuncia y los carteles de ‘Se busca’”.