La biatleta usurpó las tarjetas de crédito de una compañera y un técnico para gastar después más de dos mil euros en compras. En los Juegos ya ha ganado dos oros olímpicos y aspira a una tercera medalla

Cuando la francesa Julia Simon completó esta semana los 15 kilómetros del biatlón individual, prueba en la que los atletas disparan sus pulsaciones en el esquí de fondo y las rebajan rifle en mano ante la diana, nada hacía presagiar que la saboyarda, 29 años, diez oros mundiales a sus espaldas, iba a desafiar a la tribuna del recinto olímpico llevándose el dedo índice a unos labios entrecortados por el frío. “Anoche leí un artículo muy malo sobre mí y quería exigir el respeto que merezco”, justificó tras la conclusión la flamante campeona olímpica. “Quien quiera chisme, que se vaya a buscarlo a otro lado”.

Poco más hubiera trascendido su reivindicación, tan inherente al deporte de masas como cualquier otra celebración, de no ser porque Simon, mito de la disciplina, había llegado a los Juegos Olímpicos de Milán-Cortina tras protagonizar uno de los escándalos más sonados del deporte francés en los últimos años.

Antes de que la llama olímpica llegara a Pekín para inaugurar los Juegos Olímpicos de 2022, Simon tuvo acceso a las contraseñas bancarias de una compañera de selección, Justine Braisaz-Bouchet, y de un técnico del combinado galo cuya identidad no se ha conocido hasta el momento. Durante meses, Simon sacó partido de la situación para efectuar compras con las tarjetas de crédito de ambos, elevando el gasto hasta superar los dos mil euros.