De las estanterías a las pantallas, se acumulan las novedades que alimentan y amplían el mito milenario de una de las criaturas más fascinantes para el ser humano
En el centro de Klagenfurt, en Austria, hay una fuente dominada por un dragón. Representa a la criatura que, según la leyenda, arrasó la zona hace siglos, hasta que fue derrotada por una alianza de caballeros. La propia ciudad, levantada en el lugar de la victoria, sirve para rememorar aquella hazaña. Y cuando en el área fue hallada una extraña calavera, el mito ya se tiñó de realidad: ahí estaba la impronta del monstruo. La ciencia, por desgracia para la fantasía, demostró que el hueso pertenecía a un rinoceronte lanudo de la era glacial. Y tanta destrucción local también resultó tener una explicación más plausible: el cercano río Glan, con sus inundaciones, era el responsable de la muerte de varios vecinos, así como de los rugidos que la población oía.
Adiós a la fábula, pues, pero no al monumento. Al revés, resiste como atracción turística. Y recordatorio de una de las fascinaciones humanas más universales. Porque las llamas de los dragones arden desde siempre. Llevan calzoncillos y sonrisas en un álbum infantil de Claire Freedman y Ben Cort; barren el campo de batalla, pero también el mercado, en la saga literaria Empíreo, de Rebecca Yarros, o las series basadas en las novelas de George R. R. Martin; valen para encarnar al villano del videojuego The Elder Scrolls V: Skyrim o a maravillas dignas de un santuario, en el juego de mesa Wyrspam, de Connie Vogelmann. Hasta han merecido una disciplina ad hoc, la dragonología, recogida en el libro homónimo de Dugald A. Steer. Algún arqueólogo ha buscado la prueba fósil de que existieron, por ahora sin éxito. En la realidad, hay que conformarse con los lagartos de Komodo, que ni vuelan ni guardan en la boca fuego, aunque sí un veneno letal. La imaginación de los creadores, sin embargo, lleva siglos con las alas bien desplegadas.






