La escuela y la universidad no son botines ideológicos, sino espacios donde se juegan la vida generaciones enteras

Una batalla tras otra, película triunfadora de la última edición de los Globos de Oro, va camino de convertirse en una de las películas del año. La vi hace poco y reconozco que no me dejó indiferente: presenta a un protagonista con el que muchos se identificarán, que apenas tiene tiempo para levantarse del suelo antes de que le llegue el siguiente golpe. No importa cuánto corra, se esconda o intente negociar: siempre aparece una nueva emboscada. ...

La película funciona como una metáfora dolorosa no solo de nuestro tiempo, sino también de lo que vive hoy la escuela y la universidad pública. No porque la educación haya decidido convertirse en un campo de batalla amenazada por la sombra permanente del fascismo (como vemos en todo el metraje de la película), sino porque la han colocado ahí, en medio de un fuego cruzado sin blindaje, y con la única arma que siempre ha tenido: educar.

Hace poco se presentaba un nuevo informe de un sindicato docente, que vuelve a destapar una sensación de desgaste que ya no es anecdótica en nuestro profesorado. En redes lo vemos, y no se atisba que vaya a cambiar con el año nuevo: cuando parece que un debate se apaga, otro estalla con más ruido, más urgencia y más confusión. Y, como en la película, cada retirada tiene un precio. Cada polémica artificial, cada reforma improvisada o cada sospecha sembrada desde cualquier medio deja una marca.