El artista e inventor pasó sus últimos días en esta ciudad francesa, donde sus artilugios están expuestos como insólitas esculturas en los jardines del palacete de Clos-Lucé. Y al otro lado del puente del Mariscal Leclerc se despliegan numerosas tiendas y restaurantes que añaden encanto al lugar
Al llegar a Amboise lo primero que se impone al viajero es el río lento y parsimonioso y el puente que lo atraviesa. Un detalle puede sorprenderle: el Loira se bifurca y pronto comprende que se interpone en su curso una isla —la Isla de Oro (
"_blank" rel="noreferrer" title="https://www.ville-amboise.fr/58-1093/fiche/tout-l-ete-ile-d-or.htm" data-link-track-dtm="">L’Île d’Or)—, que marca la personalidad del río a su paso por esta ciudad. Aparcado el coche, la siguiente visión es el castillo que se alza sobre un risco inmenso, y que domina con su presencia no solo Amboise, sino sus alrededores. La mirada, que ya viene invadida por otros castillos esplendorosos en otras ciudades y parajes cercanos, se somete a esa majestad arquitectónica, que hace pensar en pasados gloriosos. Y ciertamente lo son: de origen medieval, el castillo fue remodelado durante el Renacimiento y sirvió de morada a Francisco I, el rey que convenció nada más y nada menos que a Leonardo de Vinci para que —una vez muerto su protector, Giuliano de Médicis— dejara la esplendorosa Roma por esta pequeña población francesa, donde pasaría los últimos tres años de su vida (1516-1519), alojado en el castillo de Clos-Lucé, que el rey dispuso para él.






