Las luminarias de este catalán afincado en México no solo arrojan luz. Según su creador, señalan un espacio de recogimiento, son esculturas funcionales que invitan a cierta espiritualidad
Criado en una familia atea, Pol Agustí (Barcelona, 40 años) fue bautizado en secreto por su abuela materna. Sin decírselo a nadie, lo sumergió en el fregadero de la cocina, como si presintiera que, incluso sin religión, la fe podría encontrar su camino. Y parece que no se equivocaba, pues hace 13 años, cuando llegó a México —donde la religión convive con la magia, el sincretismo, las plantas alucinógenas y la devoción popular—, Pol empezó a entender. “Comprendí que puede haber muchas man...
eras de creer: mezcladas, sin jerarquías, sin la obligación de adorar a un solo dios. Que se puede ser devoto de la nada, y que esa nada puede ser también un espacio de sentido. Que no hace falta una fe explícita para mantener viva cierta espiritualidad”, dice hoy.
La espiritualidad y el simbolismo forman una parte importante, casi principal, de su trabajo. Su primera colección estaba compuesta de muebles-escultura en barro negro realizadas con artesanos de Michoacán: piezas funerarias y ritualistas creadas en homenaje a una amiga que murió, como si fueran ofrendas para ella en el más allá. Después, diseñó unos altavoces. Y ahora, dos series de lámparas, Wua-G y Echoes. “No sirven solo para iluminar sino para marcar un lugar, casi como si señalaran un espacio de atención o de recogimiento. Como si fueran un altar y estuvieras encendiendo un recuerdo, invocando una presencia o enviando una oración”, dice Agustí.






