El Real Madrid, abandonado ya por todos sus socios, parece convencido todavía de sacar adelante el proyecto de competición europea privada, como aquellos japoneses que siguieron luchando años después del final de la II Guerra Mundial

La II Guerra Mundial terminó en agosto de 1945. O, al menos, así lo dictaminó la rendición de Japón. En la espesura húmeda de ciertas islas del Pacífico, sin embargo, entre raíces, lianas y lluvias impenitentes, la guerra siguió transpirando sufrimiento durante décadas. Al menos para un grupo de combatientes nipones, inconformistas y militantes de esa idea romántica que impide entregar las armas, que siguió luchando en la selva tres décadas más. Cuando los aliados habían desembarcado, el teniente Hiroo Onoda y otros tres soldados se refugiaron en las colinas e iniciaron su personal resistencia, porque la capitulación no estaba en sus instrucciones de uso. “Recibí una orden”, alegó muchos año...

s después.

La historia de los rezagados japoneses es una de esas fábulas reales que sigue explicando determinados comportamientos humanos ante la finitud de algunas experiencias. Hombres que no supieron —o no quisieron saber— que la guerra había terminado y se rebelaron contra el destino. Algunos ecos de la hazaña japonesa resuenen ahora en el final trágico y heroico del proyecto de la Superliga que Florentino Pérez y el Real Madrid se resisten a abandonar después de que lo hayan hecho ya los últimos compañeros de trinchera.