El presidente municipal de Tequila, detenido en un operativo federal contra la extorsión y sus vínculos con el Cartel Jalisco, fue el primer morenista en ganar en tierra opositora y se le acumulaban las polémicas y denuncias por acoso, apología del crimen y corrupción
Para algunos era una especie de Robin Hood con sombrero charro que estaba batallando contra los dueños multimillonarios del pueblo para que cumplieran con la ley. Para otros, poco más que un matón cualquiera, un delincuente que utilizaba su cargo como alcalde de Tequila para extorsionar a los empresarios tequileros y pisotear a todo el que se interpusiera en su camino. El mayor problema de Diego Rivera es que entre los de la segunda opinión se encuentra la Fiscalía General de la República, que este jueves lo detuvo acusándolo de liderar una red de extorsión orquestada desde el palacio municipal del simbólico y turístico pueblo de Jalisco.
El casi año y medio que el morenista Rivera llevaba como alcalde ha estado plagado de polémicas, denuncias y hasta dos carpetas de investigación abiertas por la fiscalía estatal. Hasta ahora, su entorno en el partido oficialista achacaba todo el ruido a poco más que una campaña del gobernador de Movimiento Ciudadano, Pablo Lemus. Le definían como un outsider peleonero en una tierra dominada por la oposición. “Hemos pisado muchos callos”, se defendía el propio alcalde en varios videos en sus redes donde negaba las acusaciones. Pero su caída ha sido estruendosa.






