La buena sintonía en la Casa Blanca muestra que la relación entre Colombia y Estados Unidos está por encima de sus líderes

La imagen de Gustavo Petro y Donald Trump sentados en el Despacho Oval de la Casa Blanca es, en sí misma, un buen síntoma. No porque resuelva los profundos desacuerdos que separan a ambos líderes, ni porque inaugure una nueva etapa de armonía bilateral, sino porque recuerda una verdad elemental de la política internacional: Estados Unidos y Colombia no pueden permitirse el lujo de estar peleados. Aunque sus gobernantes quieran. Aunque se provoquen. Aunque, en ocasiones, parezcan empeñados en demostrar lo contrario....

La reunión confirma que, cuando la retórica para el público interno se apaga y llega el momento de hablar cara a cara, los dos mandatarios asumen inevitablemente la relación de interdependencia estructural que les une. Seguridad, narcotráfico, migración, comercio, estabilidad regional: la agenda compartida es tan amplia y tan sensible que cualquier intento de ruptura termina siendo más performativo que real. Por eso el encuentro era necesario. Resulta legítimo preguntarse si no habría sido mejor ahorrarse el camino hasta aquí, marcado por desplantes públicos y una escalada verbal que no benefició a nadie.