En uno de los países con más esperanza de vida del mundo, el 13% de los reclusos son ancianos, muchos de los cuales cometen pequeños delitos para asegurarse un techo y comida entre rejas

El aumento del número de ancianos que cometen delitos menores para asegurarse techo, comida y cuidado médico en prisión ha trasformado las cárceles de Japón en centros cada vez más preparados para

1-17/nanmoku-el-pueblo-japones-mas-envejecido-en-la-nacion-mas-envejecida-del-mundo.html" data-link-track-dtm="">esa franja de edad y donde la reinserción social prima sobre el castigo del delito. Algunos expertos, no obstante, alertan del alto coste que supone mantener a un preso mayor, y consideran que las prisiones convertidas en hogares de la tercera edad ponen en evidencia un problema: la existencia de comunidades cada vez más debilitadas que no brindan apoyo a sus mayores.

“Hay reclusos que necesitan andadores para moverse y hemos tenido alguno que no podía ponerse los pañales solo. Pero nuestra principal preocupación es intentar que condiciones mentales como la demencia no empeoren para cuando salgan de la cárcel”, explica a EL PAÍS Yasuo Nakabayashi, encargado del Departamento de Tratamiento Correccional de la Prisión de Fukushima, al noreste de Tokio. “A los que tienen algún problema físico grave los enviamos a un centro con facilidades médicas. Pero aquellos con problemas mentales son responsabilidad nuestra”, continúa el funcionario.